«Perdóname…» susurró Alena, secándose la cara mecánicamente. «No tienes nada de qué disculparte», dijo él. «Me llamo Sergey. Soy de una granja al otro lado del río». Llegué a casa de mis amigos para inscribirme y vi algo que no pude callar. Ella apartó la mirada. Después de lo sucedido, cualquier mirada masculina le resultaba un nuevo golpe.

Alena miró sus manos, todavía manchadas de barro seco.

—Porque hoy alguien mintió sobre mí para escapar. Y alguien mintió

sobre ustedes para protegerse del horror de ser abandonado. No son lo mismo. Pero las dos mentiras hicieron daño.

Marina apretó el paño entre los dedos.

—Mi madre no está muerta.

—No.

—Pero nos dejó.

Alena no respondió de inmediato.

—Sí.

La muchacha cerró los ojos.

Dos lágrimas le cayeron sin permiso.

—Yo la lloré todos los domingos.

Alena sintió que no había consuelo posible.

Así que no lo inventó.

—Eso fue real.

Marina abrió los ojos.

—¿Cómo puede ser real si ella no estaba muerta?

—Porque tú perdiste a una madre de todos modos.

La cocina quedó suspendida en aquella frase.

Marina se cubrió la boca.

No lloró fuerte.

Lloró como quien no puede permitirse despertar a nadie, ni enfermarse, ni tener dieciséis años.

Alena no se acercó.

A veces acercarse demasiado pronto es otra forma de imponer.

Solo empujó una taza de té hacia ella cuando el agua estuvo lista.

Marina la miró.

Luego tomó la taza.

Ese fue el primer puente.

Pequeño.

Inestable.

Pero real.

Media hora después, Sergey volvió con Kolya.

El niño tenía los ojos hinchados y barro hasta las rodillas.

No miró a nadie.

Sergey se quedó de pie junto a la puerta.

—No voy a pedir perdón una sola vez para que esto termine —dijo—. Tendré que pedirlo muchos días, quizá años. Pero hoy empiezo.

Kolya apretó los dientes.

—¿Ella sabe que estamos vivos?

Nadie preguntó quién.

No hacía falta.

Sergey asintió.

—Sí.

Marina se levantó despacio.

—¿Alguna vez preguntó por nosotros?

Sergey cerró los ojos.

Ese era el momento.

Alena lo entendió antes de que hablara.

La elección entre una verdad que destruía y una mentira que permitía respirar una noche más.

Sergey miró a sus hijos.

Luego a Alena.

Ella no dijo nada.

Pero sostuvo su mirada sin suavizarla.

Él entendió.

—Una vez —dijo—. Hace ocho meses. Preguntó si estaban bien.

Marina inhaló con dolor.

Kolya dio un paso adelante.

—¿Y qué dijiste?

—Dije que sí.

—¿Y era verdad?

Sergey miró la cocina desordenada, la fiebre de Liza, los ojos cansados de Marina.

—No del todo.

La respuesta fue cruel.

Pero era verdad.

Kolya empezó a llorar en silencio.

Sergey se arrodilló frente a él.

No lo tocó.

—No voy a obligarte a perdonarme.

El niño temblaba.

—Yo quería ponerle flores.

—Lo sé.

—Le hablaba.

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