—¿Por qué debería sentir lástima por ti? Tú no sentiste lástima por mí —respondió Tasia.

Lenuta sonrió con tristeza y se encogió de hombros.

«Mamá está en Italia. No he sabido nada de ella en dos años. Mi padre... ni siquiera sé cómo es».

Tasia sintió un nudo en la garganta, pero no dijo nada. Se miraron como dos almas perdidas que, aunque no se conocían, se entendieron a primera vista.

Esa noche, después de que se apagara la luz de la habitación, las chicas hablaban en susurros. Lenuta le contó que ese centro albergaba a niños de todo el mundo: algunos recogidos de la calle, otros abandonados por sus familiares y otros, como ella, sin padres.

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