—¿Por qué debería sentir lástima por ti? Tú no sentiste lástima por mí —respondió Tasia.

—Te acostumbrarás —dijo—. Pero no dejes que nadie te pisotee. Mantén la cabeza bien alta.

Tasia pensó en su madre y en cómo siempre le decía que la bondad era fortaleza, no debilidad. Y decidió que, pasara lo que pasara, no dejaría que el mundo la amargara.

Los días empezaron a parecerse. Por las mañanas, la escuela. Por las tardes, limpiar, hacer los deberes y comer comida poco apetitosa. Pero cada noche se sentaba con Lenuta en la litera de arriba y soñaba.

—Quiero ser peluquera —decía Lenuta—. Para que las mujeres se vean guapas y se vayan con una sonrisa.

—Y yo seré enfermera, para ayudar a la gente. Eso es lo que quería mamá —respondía Tasia.

Y se reían. Durante unos minutos, cada una se olvidaba de dónde estaba.

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