—¿Por qué debería sentir lástima por ti? Tú no sentiste lástima por mí —respondió Tasia.

Pero un día, en la escuela, entró una nueva profesora al aula. Llevaba el pelo recogido en un moño y su mirada era dulce pero firme. Se presentó: la Sra. Mariana, la profesora de biología.

Al escuchar la historia de Tasia, se interesó. Le trajo libros, le habló del mundo de los hospitales y de cómo cada paciente necesitaba no solo medicina, sino también una palabra amable.

«Tienes un buen corazón, Tasia», le dijo una vez. «Mantenlo puro y triunfarás».

Estas palabras quedaron grabadas en su corazón.

Pasó el tiempo y Tasia estudió con diligencia. Se graduó de la preparatoria con buenas calificaciones y, con la ayuda de la Sra. Mariana, logró ingresar a la escuela de salud municipal.

Cuando salió del centro, Lenuta fue a abrazarla.

«¿Ves? Te dije que lo lograrías. Recuerda: nunca olvides de dónde vienes».

Pasaron los años. Tasia se convirtió en una joven enfermera en el hospital de Botoșani. Trabajaba en la sala de pediatría y los niños la adoraban. Él les traía juguetes, les contaba cuentos y les secaba las lágrimas.

Un día, en el pasillo, vio a una niña sentada sola en una silla, llorando. Se acercó a ella, se inclinó y le preguntó con voz suave:

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