Cuando la conversación en la mesa distrajo a los invitados, moví mi copa. La coloqué frente a su hermana, sentada a su lado. El movimiento fue lento, casi ceremonial. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que todos lo oían.
Unos minutos después, brindamos. El vino se terminó. Y entonces todo se desmoronó.
Un grito. Caos. Su rostro palideció, sus manos comenzaron a temblar, su cuerpo se desplomó en la silla. Alguien llamó a una ambulancia. Mi esposo parecía a punto de desmayarse. La miró, pero yo sabía que no la veía.
No me moví. Lo miré a los ojos. Una sola pregunta me atormentaba: ¿qué has planeado y por qué hoy?
Mientras los paramédicos se llevaban a su hermana, un silencio denso llenó la casa. Sonreí, aunque tenía las manos heladas. Cuando salió al jardín a hacer una llamada, lo seguí.
—Eso es imposible… —dijo nervioso por teléfono—. No debería haber estado bebiendo… Deben haber cambiado los vasos…
Por un instante, el mundo dejó de existir. Ya no tenía dudas. Yo era el objetivo.
Regresé a la mesa y me senté como si nada hubiera pasado. Un mar de preguntas sin respuesta me invadía la cabeza. Años viviendo juntos, confianza, cercanía… ¿había sido todo una mentira?
Entonces se acercó con una sonrisa forzada.
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