Los médicos nos advirtieron que si no mejoraba pronto emocionalmente, tendrían que hospitalizarla para recibir tratamiento psiquiátrico, lo que nos hizo considerar seriamente llevarla a Italia para que pudiera descansar.
Esa noche, después de un emotivo servicio en mi iglesia, me quedé solo en el santuario orando, enfrentando el conflicto entre mi doctrina y el sufrimiento real de mi nieta.
Le pregunté al Señor si debía mantener mi integridad doctrinal o comprometer mis convicciones para dar paz a una niña de nueve años que sufría profundamente.
No oí ninguna voz audible, pero sentí una certeza en mi interior: mi orgullo teológico estaba lastimando a una niña inocente que amaba sinceramente a Jesús.
Al día siguiente llamé a Robert y accedí a viajar a Italia, aunque con la intención de enseñarle a Isabella que solo Jesús puede curar y que no ocurriría ningún milagro.
Robert permaneció en silencio y luego me pidió que mantuviera mi corazón abierto, recordándome que a veces Dios actúa de maneras que superan nuestras expectativas humanas.
Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos, pero Isabella cambió por completo: recuperó el apetito, volvió a sonreír y hablaba de Carlo como si fuera un amigo íntimo.
Durante el vuelo de Charlotte a Roma, Isabella estaba tranquila y contenta, mientras que yo luchaba contra la ansiedad, preguntándome cómo justificaría este viaje ante mi congregación.
Pero cuando llegué a Asís, algo cambió en mi interior; la ciudad irradiaba una paz profunda que contrastaba con la intensidad emocional de los servicios religiosos a los que estaba acostumbrado.
Esa noche, Isabella oró de una manera sencilla pero profunda, pidiéndole a Jesús que me ayudara a sentirme cómoda, lo cual me conmovió de una forma inesperada.
Su oración, tan pura y madura, me hizo reflexionar profundamente, y por primera vez en semanas, dormí con una paz que no había experimentado últimamente.
Al día siguiente fuimos a la iglesia donde se encontraba la tumba de Carlo, y aunque había preparado argumentos para explicar que allí no había ningún poder, todo cambió cuando llegamos.
La iglesia estaba llena de gente de todo el mundo: enfermos, ancianos y jóvenes, todos con una esperanza genuina que me recordó algo que había perdido en mi fe.
Nos acercamos a la capilla lateral donde yacía el cuerpo de Carlo tras un cristal transparente. Isabella, que no podía ver, insistió en acercarse lo máximo posible. La guié tomándola de la mano.
—Dime qué ves, abuela —me susurró.
—Es un cuerpo conservado —le dije—. Un adolescente vestido con ropa informal: vaqueros y zapatillas deportivas. Parece que está dormido.
—¿Parece estar en paz? —me preguntó.
“Sí”, tuve que admitir, “se ve muy tranquilo”.
Isabela se arrodilló allí mismo, sobre el suelo de mármol, y comenzó a rezar. No eran palabras memorizadas, sino una conversación que brotaba del corazón.
—Carlo —dijo ella—, tú que tanto amabas a Jesús, enséñame a amarlo como tú lo amabas. No puedo ver con mis ojos, pero quiero ver a Jesús con mi corazón como tú lo veías. Ayúdame a ser como tú, a amar a Jesús más que a nada en el mundo.
Yo estaba de pie detrás de ella, observando a todos esos católicos rezando; algunos tocaban el cristal de la tumba, otros lloraban.
Idolatría, pensé automáticamente. Esto es precisamente contra lo que he predicado durante décadas.
Pero entonces sucedió algo extraño. Por primera vez en mi vida, en lugar de juzgar, intenté comprender lo que sentían las personas que tenía delante.
Aquella anciana que lloraba mientras tocaba el cristal, ¿estaba adorando a Carlo o encontraba en él la inspiración para amar a Jesús más profundamente en su vida?
¿Acaso aquella joven madre, con su hijo enfermo en brazos, buscaba magia supersticiosa, o estaba desesperada por encontrar algún atisbo de esperanza de que Dios pudiera curar a su hijo?
¿Acaso aquella pareja de ancianos que rezaba junta estaba cometiendo idolatría, o estaban encontrando en la historia de Carlo un ejemplo de cómo vivir radicalmente para Cristo en sus últimos años?
Por primera vez en cuarenta y dos años, consideré que mi interpretación de lo que vi podría haber sido demasiado severa, demasiado rígida, demasiado cerrada a otras posibilidades.
Quizás esas personas no adoraban a un ídolo, como yo siempre había creído. Quizás encontraban en Carlo lo que yo encontraba en los héroes bíblicos.
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