Sonreí.
Le di las gracias.
Escuché.
Después de los aperitivos, Alberto se levantó y golpeó su vaso con la cuchara.
"Quiero decirte algo", anunció, alzando la voz lo suficiente como para que los de las mesas cercanas se giraran a mirarlo.
Sentí un ligero nudo en el estómago.
"Carmen", dijo, "has sido una compañía maravillosa. De verdad. Pero no puedo seguir así. Me voy".
El silencio cayó como un jarro de agua fría.
Un silencio tan profundo que incluso se podía oír el hielo asentarse en los vasos.
Alberto no se detuvo. Giró la cabeza hacia la barra. Seguí su mirada.
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